Llego la hora del recreo y como era de esperarlo estuve sola, camine hacia el lado de atrás de la escuela y me quedé pensando en qué pude haber hecho mal, porqué mis compañeros había reaccionado así, pero sobre todo porqué Dios me estaba haciendo esto.
Estaba tan pensativa que ese día no entré a clases y al parecer ni los maestros notaron mi ausencia, nadie llegó a buscarme y a la salida nadie me regañó, estaba furiosa con Dios, estaba siendo más invisible que nunca.
Pasaron así varios días, hasta que un día en medio de una clase, me levanté y grité con todas mis fuerzas: ¡¿Qué demonios les he hecho?!, todos se quedaron callados, Estela se levantó y me dijo: ¡Solamente estás recibiendo un poco de lo que tu dás!; Me senté e intentaba encontrarle sentido a esto que me sucedía, salí del colegio y deprisa tomé el autobus hacia mi casa.
Intentaba interpretar aquellas palabras y por más que intente no pude hacerlo.
Decidí dejar así las cosas y en eso llegó la noche, hice lo de siempre, pero esta vez si oré... no con la misma devoción pero lo hice, me quedé pensando y poco a poco me fui quedando dormida.
Muy bien el seguimiento.
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